Hay lugares a los que llegas para trabajar y de los que te marchas con la sensación de haber vivido algo mucho más difícil de explicar.
Arenillas es uno de ellos.
Mi último rodaje para RTVE me ha llevado hasta este pequeño pueblo de la provincia de Soria, prácticamente en la frontera con Guadalajara, donde viven poco más de treinta personas. Treinta y pocas personas. Y, sin embargo, qué cantidad de historias caben allí.
Durante unos días hemos podido acercarnos a una realidad que muchas veces resumimos con dos palabras: España vaciada. Pero cuando llegas allí descubres que quizá no está tan vacía como pensamos. Hay gente, hay memoria, hay tradiciones, hay problemas, hay proyectos y, sobre todo, hay ganas de seguir estando.
Una de las cosas que más me ha impresionado ha sido conocer el Boina Fest, un festival promovido por las generaciones más jóvenes que lleva música y vida al pueblo y que utiliza la cultura como una forma de reivindicar que también se puede construir futuro lejos de las grandes ciudades.
También hemos conocido a Juan Romanillos, un hombre que fue pastor y que nos transportó con sus palabras a un oficio y a una forma de vida que prácticamente pertenecen a otro tiempo. Y descubrimos algo precioso: con los años se convirtió en poeta y ha publicado varios libros. Porque nunca parece demasiado tarde para empezar una vida nueva.
Hemos aprendido cómo se destila el espliego, ese primo hermano de la lavanda que forma parte del paisaje y de la memoria de estas tierras. Hemos conocido la lucha por mantener abierto el único local del pueblo, que es bar, centro social y punto de encuentro. Porque allí un bar no es simplemente un lugar donde tomar algo: puede ser también uno de los últimos espacios que mantienen unida a una comunidad.
Y quizá eso sea lo que más me llevo de Arenillas.
El tiempo.
Allí parece pasar de otra manera.
Más despacio. Sin tanta prisa. Sin esa sensación permanente de que siempre llegamos tarde a alguna parte.
Y cuando llevas unos días viviendo a ese ritmo, sucede algo curioso: también tu cabeza empieza a funcionar de otra manera. Miras más. Escuchas más. Piensas cosas que en el ruido cotidiano de la ciudad quizá ni siquiera llegarían a aparecer.
Me vuelvo con una mochila llena de experiencias, preguntas e inquietudes. Con muchas imágenes pendientes de convertirse en televisión y con la sensación de que estos rodajes son también una pequeña forma de aprendizaje.
Porque contar historias es una de las cosas que más me apasionan.
Pero vivirlas antes de contarlas, todavía más.
Ahora toca volver a casa, ordenar todo lo grabado, editar, seleccionar, montar y tratar de convertir todas estas horas de conversaciones y experiencias en algo que consiga transmitir, aunque sea un poco, lo que nosotros vivimos allí.
Con muchas ganas de que llegue la nueva temporada de Beatus Ille y de poder enseñaros el resultado.
Gracias, Arenillas, por recibirnos.
Por las conversaciones.
Por el silencio.
Por las historias.
Y por recordarme que, a veces, para pensar de otra manera solo hace falta cambiar de lugar y dejar que el tiempo vaya un poco más despacio.
*En la foto, junto a Juan Romanillos. Pastor y poeta de 91 años.

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