Por Dani Arrébola

Cada vez que llegan los finales de septiembre y, casi sin remedio, me entra una nostalgia sorda, una pulsión añeja que huele a salitre, a moqueta de hotel ilustre y a proyectores encendidos en la penumbra del Kursaal. Son los días del Festival de San Sebastián, que regresa puntual, y con él vuelven en tropel los recuerdos de aquellos años febriles en que uno andaba por allí con el micrófono en la mano para la radio o la tele, corriendo entre photocalls, canutazos y entrevistas con estrellas a las que de pronto había que mirar a los ojos a través de una mesa pequeña. Eran días intensos, hermosos y salvajes.

A veces, cuando recuerdo todo aquello o cuando se lo contaba a mis alumnos en las aulas de la universidad, les repetía una máxima que se ha convertido en un aprendizaje de vida: hay que intentar ser cazador y no cazado. Es la simple constatación de lo que he visto funcionar a lo largo de los años. Por entonces nos atrevíamos a probar cosas que hoy parecen comunes, cuando todo el mundo graba vídeos en cualquier esquina con un teléfono sobre cualquier tema. Pero entonces la clave no era el despliegue técnico sino el atrevimiento de ir a buscar algo que escasea: el alma de las historias.

Más de uno solía decirme con cierta guasa: «Es que a ti siempre te pasan cosas con los famosos en las ruedas de prensa o en las entrevistas». Tal vez fuera pura casualidad, o tal vez ocurriera porque uno acudía a esos encuentros no a rellenar un expediente, sino a cazar la emoción, a buscar el gesto involuntario, la grieta en el discurso ensayado. Innovar antes de que la multitud llegue a un lugar no es una medalla; es una postura vital.

Quizá esto guarde relación con lo que en los primeros siglos del cristianismo llamaban la disciplina del arcano: aquella costumbre antigua de guardar el secreto y silenciar lo esencial ante quienes aún no podían entenderlo, para revelarlo solo de forma gradual, a su debido tiempo y a quien supiera escuchar. En el periodismo y en la vida pasa un poco lo mismo. No se puede soltar todo el ruido de golpe. Hay que saber guardar silencio, administrar el misterio y dosificar la información para que, cuando llegue el momento de divulgarla, conserve toda su verdad y su fuerza.

Al final, al echar la vista atrás desde la calma del presente, me doy cuenta de que el cine y la crónica no eran más que excusas. Excusas para mirar de cerca a los demás, para aprender a callar cuando conviene y para recordar que, antes de que todo se vuelva un murmullo uniforme y predecible, siempre vale la pena salir a cazar la historia que nadie más está buscando.

Entrevistando a Monica Bellucci.


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