Del dolor ajeno y la bondad sin rédito

Por Dani Arrébola

Hay una clase muy concreta de pesadumbre —un dolor sordo y casi clandestino del que raramente se habla en las conversaciones de sobremesa o en las biografías oficiales— que no nace de los reveses propios, sino de la observación atenta e impotente de la vida ajena. Me refiero a la insoportable certeza de ver cómo a las buenas personas, a aquellas que transitan el mundo sin doblez y con una generosidad limpia, las cosas simplemente no les salen bien.

A veces ocurre que la vida insiste en ensañarse con quien menos armas tiene para la mezquindad. Contemplar el esfuerzo brutal, desmedido y casi épico de quien lo da todo para alcanzar una meta modesta y ver cómo, al final del camino, el rédito es la indiferencia o el olvido, produce una especie de vértigo moral. Uno asiste como espectador involuntario a ese desgaste y aprende a disimular el sufrimiento como puede, tragándose la rabia, fingiendo una templanza que no tiene, mientras busca excusas vagas para consolar al otro o a la otra.

Pero las excusas casi nunca sirven. Decirle a alguien que ha puesto el alma en un empeño que «eso no es lo más importante» o recomendarle con una palmada condescendiente un «tú no te preocupes, sigue así» no es más que una forma elegante y cobarde de aguar la tragedia. Es la coartada perfecta del mundo para seguir aprovechándose de la bondad ajena sin pagar el peaje del reconocimiento. Hay un parasitismo involuntario en la sociedad hacia la gente noble: se la admira en secreto, se la explota en la práctica y se la abandona con absoluta ligereza cuando la fortuna le da la espalda.

No sé si hay reparación posible para este tipo de injusticias cotidianas. Lo que sí sé es que ver a una persona buena tropezar una y otra vez con la misma pared, comprobar que el afecto o el empeño no siempre son correspondidos y observar cómo su luz se va apagando sin que nadie parezca notarlo, deja en quien mira una cicatriz profunda. Una herida callada que se lleva por dentro mientras la vida, indiferente, continúa su curso.


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